VIAJE HACIA LA CURVATURA DE LA LUZ

VIAJE HACIA LA CURVATURA DE LA LUZ

Ana María Manceda

 

andaluz patioviaje hacia la curvatura de la luz

No es lo mismo, desde ya, pero siento una caricia en la piel, este viejo zaguán con su puerta vidriada dejando fluir la luz del crepúsculo, con sus macetones repletos de flores me devuelven el olor de las plantas del pasado. La casa me espera con sus fantasmas, si no fuera por la alarma que parece presentirme y se apaga sola, creería que los años se hubieran detenido en mi niñez. Al entrar en la cocina-comedor siento un escalofrío, ahí está, la pantalla gigante, apagada, sin embargo te veo Yunus, estas ahí, ofreciéndome una copa de champaña y una sonrisa. Te eternizaste Yunus                                ¿Cómo poder vivir sin vos? Aquí estoy, tratando de aceptar esta existencia que atraviesa condiciones tan distintas de vida, pero existe algo que el hombre aún no ha podido cambiar, los sentimientos y eso es un gran triunfo de nuestra condición de humanos.

Nuestra historia comenzó un atardecer de primavera. Llegué del laboratorio extenuada, el calor era insoportable. Sentí placer de estar en la casa fresca, ordenada. Bendito trabajo que me agotaba y no me permitía rumiar sobre mi soledad. Besé la foto de mi hijo con su familia, el sistema era antiguo pero bueno yo también era antigua, a los cincuenta y cinco el alma tiene sus huellas aunque la apariencia siga lozana. Gran ventaja la de transitar esta edad a fines del siglo veintiuno, las pastillas y las cremas son milagrosas. Mientras me preparo una ensalada prendo el plasma, me encanta seguir la novela de las ocho, la trama es interesante, pero el sonido de los arroyos y los olores de la flora de la hacienda donde ocurre el drama era  lo que me deleitaba. Recuerdo que cerré los ojos para respirar esa atmósfera, me prometí que en las vacaciones no iría al mar, contrataría una excursión a esa hacienda, cuando los abrí estabas vos Yunus, con la copa en la mano, de inmediato te reconocí, eras el ingeniero a quién le había hecho los análisis hace pocos días.   Hice lo que nunca me atreví, con tus instrucciones manejé el control y así pudimos charlar  ya ni recuerdo cuanto tiempo, nunca más me sentí sola. Desde ese día llegaba corriendo del laboratorio, me bañaba, perfumaba y cuando sentía que  brillaba prendía el plasma y comenzaban nuestras charlas, cenábamos juntos, nos reíamos ante la disparidad de comidas que inventábamos. No querías mostrarme tu casa de manera virtual,  querías que yo la conozca personalmente. Cuando decidí ir ya estábamos enamorados. Yo Mayra, viuda, sola, me había enamorado como una adolescente de vos Yunus, soltero, ingeniero de la Comunidad Latinoamericana, doce años menor.

Como todas las ciudades satélites de la Capital, Cappa era ultramoderna, aunque cobijaba en algunos de sus barrios casas del siglo pasado, como la mía ¡eran tan encantadoras! De a poco le fui inyectando el confort moderno, conviviendo en ella el pasado y el futuro. Nunca había visitado una casa especialmente diseñada con aire de siglo veintidós hasta que visité la de Yunus, al entrar no pude disimular el impacto que me causó;  paredes acrílicas que se ahuman según el color  deseado o se dejan transparentes para que fluya la luz; todo funciona a energía solar, en el extraordinario baño lucen unas extrañas y bellas plantas, obtenidas por una cruza genética especial, se auto riegan  con la cantidad de nutrientes según los vayan necesitando. La bañera lo esperaba a Yunus con la temperatura ideal, él había programado la hora, la cantidad de agua, temperatura y espuma deseadas. Cenamos una comida exquisita ¿La cocinera? Un artefacto computarizado, la carne las untamos con una salsa que ni yo la hubiera logrado ¿Quién había puesto la mesa? ¡Sorprendente! Pedro, el robot, hacía todos los quehaceres domésticos, hasta elegía la ropa que iría al lavarropas. Deslumbrada entré al  universo de Yunus.

Nuestra vida juntos siguió con nuestra actividad normal, yo en el laboratorio de análisis clínicos, él con su profesión que le exigía algunos viajes para asistir a  congresos planetarios pero los regionales los podía realizar desde la casa.

Cuando me quedaba sola me divertía con Pedro, al que le faltaba reír y llorar ya que decía algunas frases programadas para ocasiones especiales, también me entretenía con las extrañas plantas, según la hora del día destellaban tonos dorados o intensos lilas, variando a su vez el perfume que exhalaban, era una fiesta para los sentidos. En otras oportunidades, cuando Yunus  se excedía en su trabajo, desde el dormitorio le cambiaba los colores de las paredes del escritorio, de un gris plateado a un rosado brillante, era un código entre nosotros, entendía que lo esperaba ansiosa. El instinto del amor y la pasión seguían incólumes a través de los tiempos. Algunas noches solíamos leer acostados, yo con mis libros de papel, necesitaba sentir en mis dedos el contacto con sus hojas, Yunus con su computadora  adaptable según la posición que tomara. En realidad era envidiable verlo como buscaba en instantes el significado de  palabras desconocidas o programar hologramas según alguna secuencia de la novela que leía, entonces me maravillaba ver en tridimensión paisajes y personajes que describía el autor pero con la imaginación de Yunus. Por supuesto se burlaba de mi antigüedad para leer, no me importaba, mis argumentos resaltaban el enriquecimiento de mi mente, cosa que él también lograba, no podía con sus teorías. Desde ya debía acostumbrarme a esa forma de lectura, no se fabricaba más papel, los bosques eran santuarios sagrados proveedores de oxígeno   y abrigo de especies en vía de extinción.

El tiempo transcurría con nuestra dicha, mi hijo se sentía feliz de verme tan plena y lejos de la soledad. Algunos fines de semanas largos lo visitábamos en su hogar del  país vecino, con las nuevas autopistas y el puente internacional con la línea asfáltica para viajar sobre elevación computarizada llegábamos en un rato. El trayecto era fascinante, ya no se veían las villas miserias de mi niñez, ahora eran miles de pequeñas poblaciones automatizadas, idénticas, separadas por parques trazados de manera perfecta, en éstos lucían unos artísticos artefactos  que en realidad eran pararrayos. Desde la  altura de la autopista parecían villas de antiguos bungalows africanos, ya que sus techos estaban diseñados para regular la luz del sol, no se usaba la energía orgánica, hace años se había agotado el petróleo, solo algunos pozos, ubicados de manera estratégica, eran resguardados para alguna emergencia. Aún así, se notaba la diferencia de clases y si bien la violencia estaba controlada no había desaparecido. El mundo estaba esperanzado en la nueva camada de políticos que gobernaban, éstos debían seguir una carrera política, cursar post-grados y realizar pasantías en distintas regiones, de esta manera adquirían conocimientos para regular los recursos naturales y económicos de la población. La humanidad fue sufriendo una transformación espiritual, luego de cruentas guerras por el agua entre países hermanos,  la peligrosa situación ambiental de la Tierra provocó una sensación de unidad nunca conocida en la historia del hombre.

Mi quiebre emocional comenzó luego de las grandes catástrofes que ocurrieron en el planeta. A fines del dos mil setenta desaparecieron unas pequeñas islas del Mar del Norte, los científicos habían previsto la tragedia  ocasionada por la elevación de los mares por el cambio climático global además de haber detectado un leve desvío de la Corriente Cálida Del Golfo lo que produjo un mayor enfriamiento en la Península Escandinava y las Islas Británicas, el paisaje nevado era una característica de  Londres, aún en Primavera y verano. En otras partes del planeta el calor tórrido era insoportable, solo la tecnología permitía su hábitat. La Región Pampeana sufría un clima subtropical y la Patagonia era un oasis templado con el consecuente y lento deshielo de sus glaciares. Una noche de agobiante calor entramos a la casa cerrándola herméticamente, ya no se podía estar en el patio disfrutando del pequeño jardín natural. Mientras Pedro nos servía un cóctel  decidimos sentarnos en el living y mirar el universo, corriendo una parte del techo deslizante, a través de los vidrios especiales que funcionaban a manera de telescopio. Teníamos todo el esplendor del cosmos ante nuestra vista. Yunus me explicaba que según  Stephen Hawking si seguimos un cono de luz hacia el pasado, éste se curva debido a la atracción de la materia del universo primitivo. En ese momento sentí el temblor, me recorrió la espalda, los muslos y las estrellas parecieron titilar a mayor velocidad.

—Mayra, la casa es antisísmica, no sé que pasa pero debe ser algo grave─. Dijo Yunus con preocupación. Encendió el plasma. Las imágenes eran de terror, se había desprendido una parte de la península de California, desapareciendo en el mar cientos de ciudades, el olor a azufre y a muerte inundó el living. El espectacular desprendimiento ocasionaba terremotos y remezones en todo el planeta, provocando tsunamis y desapariciones de costas habitadas. Ya los Geólogos habían previsto estas catástrofes, sus investigaciones coincidían que  en miles de años la península se desprendería del continente americano e iría hacia la deriva a acoplarse con la península de Alaska . El proceso había comenzado.

Luego de esta tragedia surgió mi depresión. Era un pánico que entraba por mi cuerpo hasta hurgar en mi mente. En los círculos intelectuales se sabía que se preparaba un éxodo escalonado hacia otro planeta con condiciones  para desarrollar la vida, por supuesto esto llevaría miles de años y los primeros en viajar serían las familias más poderosas de la tierra. Pasé meses en un estado de estupor, el amor de mi hijo  y Yunus lograron rescatarme del abismo. Cuando tuve cierto equilibrio emocional y con ayuda profesional supe que debía enfrentarme a ese miedo ancestral de perder lo estable,  a mis seres queridos y sobre todo el sentido de pertenencia a este maravilloso planeta azul.

Necesité visitar mi antigua casa, ahí es donde me encuentro al comenzar el relato, consejo del médico de recorrer y escribir sobre lo que provocara en mis sentimientos  este rincón de mi vida. En el momento que guardaba algunas fotografías en el bolso sonó el móvil, la carita de mi nieta apareció en la pantalla.

—Abu mirá la muñeca que me regaló Yunus.

Una  Barbie de mi niñez lucía amorosa al lado de mi nieta, él a su lado, con su sonrisa que iluminaba el universo y no pude conmigo, lloré todo mi pasado y la transición que tuve que recorrer para llegar hasta este momento de la historia de la humanidad que aún no podía asumir. Sentí que hasta en la raíz de mis cabellos habitaba una memoria de mi lejana niñez y la de mis padres. Entre sollozos les pedí que no se preocuparan, era  la emoción pero yo sabía que rompía el estanque del tiempo, tenía que aferrarme a mis amores. Al cerrar la puerta de mi antigua casa, quise de manera simbólica cerrar una época vivida, con amor, con heridas, de manera  intensa, hasta la vorágine. Debía regresar al futuro, aceptar con humildad mi condición humana, hasta cuando Dios quiera, solo somos mortales***

 

 

 

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AMOS OZ, DEFENSOR DE LA PAZ

Amos Oz se murió cuando más hace falta leerlo
Apasionado defensor de la paz, el escritor israelí falleció el viernes a los 79 años. Apoyó siempre la solución de los dos estados y participó de la construcción de los Acuerdos de Ginebra. En Una historia de amor y oscuridad (2002), mezcla de autobiografía y novela histórica sobre el nacimiento del Estado judío, Oz contaba por primera vez aquella vieja anécdota familiar, que retomaría en sus ensayos y conferencias sobre el conflicto entre árabes y judíos. Lejos de las respuestas fáciles con ángeles y demonios que tanto les gustan a los fanáticos –una de sus principales obsesiones–, se refería a ese conflicto como una tragedia marcada por el choque “entre lo cierto y lo cierto”, entre dos pueblos oprimidos con reivindicaciones legítimas y justas sobre el mismo pequeño pedazo de tierra, el único donde podrían vivir. Una tragedia que –explicaba con humor– no se resolvería con terapia de pareja, sino con un divorcio y división de bienes; algo doloroso, difícil, que no conformaría a nadie, pero permitiría alcanzar la paz: un objetivo más realista que el amor (o que un estado único binacional) para oponer a la guerra. Una vez alcanzada la paz, quizás en algunos años puedan tomar un café –de preferencia, café árabe–, pero sería impensable irse de luna de miel luego de cien años de sangre y lágrimas.

Para alcanzar una paz posible, ambos lados deberán aceptar que no están solos, que el otro no dejará de existir y que será necesario dividir la casa pequeña en cuartos menores, separados. Oz pedía a los más fanáticos entre los suyos que reconocieran que los palestinos están en Palestina porque es su única patria, como Holanda para los holandeses, una tierra con la que tienen profundos lazos emocionales e históricos, al igual que los judíos. Que, cuando fueron obligados a vivir en otros países árabes, los palestinos fueron rechazados, perseguidos y humillados por su propia gran familia, para la que nunca fueron importantes más allá de la retórica, lo que los obligó a tomar conciencia de su palestinidad, gentilicio que algunos israelíes no les reconocen. Pero, del mismo modo, Oz pedía a los palestinos –y a algunos fanáticos que los defienden y apuntan con el dedo– que entiendan que los judíos israelíes están en Israel porque no existe ningún otro país del mundo al que puedan, como pueblo, llamar hogar, luego de haber sido echados de otras tierras, donde fueron tratados como extraños, perseguidos y masacrados

Saludos

Historia de la Astronomía

2018-2019

Atardecer – Óleo de Nydia Del Barco

Con la grata compañía de Ustedes hemos arribado al final del año. Atardece.
No podemos despedirlo sin hacerles llegar nuestro agradecimiento junto con los sinceros deseos de un año 2019 pleno de realizaciones personales.
Es un año lleno de promesas. Desde el Centenario de la Unión Internacional de Astronomía con muchas actividades conexas, pasando con el Eclipse Total de julio que nos visita ocasionalmente, hasta un diciembre cargado de actividades comunes realizadas con la franca colaboración de Ustedes.
Vaya un cálido saludo virtual, junto con la seguridad de que en febrero volveremos a encontrarnos en este Sitio, después de un merecido descanso.
Hasta entonces amigos.
Felicidad.

Historia de la Astronomía

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UNA PIEDRA EN EL CAMINO. ANA MARÍA MANCEDA.-

UN PIEDRA EN EL DESIERTO. Ana María Manceda

 

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                       El viento ardiente esparce la arena, mientras el sol dibuja en la atmósfera  millones de pequeñísimos arcoiris con las partículas danzantes. De pronto la  quietud y el silencio. Un pequeño insecto, cuyo color se confunde con el paisaje, deambula entre las olas de arena, sorprendido observó un obstáculo, para él una montaña, decidido comenzó su ascenso de manera pertinaz. Al llegar a la cima buscó una estrategia y finalmente se deslizó hacia el mar dorado.

              En ese espacio desolado el tiempo cobra otro ritmo, la temperatura no encuentra escollos civilizados y baja a medida que la luna se va desplazando en su nocturno viaje. La piedra, estática durante el día, se encoge durante la noche, como respuesta a la crueldad climática.

              En esos días sin horas, un guerrero montado en su negro caballo, cruza veloz, su cuerpo y cara protegidos evita el ardor de la arena. Sus armas en la espalda, su mente en la guerra. Las patas del animal tropiezan con una piedra  pero sigue su camino, luego todo sigue igual.

              Un mercader fatigado va junto a su camello cargado de valiosas mercancías. Los cálculos monetarios que realiza  pensando en las ventas que realizará en el pueblo del próximo oasis, lo estimulan a seguir el viaje. Mira de reojo a la piedra, es rara, no brilla, no tiene ningún valor, ni siquiera para adorno.

              Siempre el sol presente y el aire que quema. Llega hasta la piedra un sabio. Éste recorre el desierto una vez al año con la esperanza de encontrar una señal divina, una revelación. Al sentarse observa la quietud de la pequeña roca, el viento sopla suave, aún así provoca el desplazamiento de las dunas de arena. Luego de varias horas de reflexión concluye que ese cuerpo,  ¿Inorgánico? No se mueve, a pesar de ese universo donde todo es movimiento, debe ser por algún mandato divino y debe quedar ahí.

              Las estaciones se suceden, pero en esos paisajes, las variaciones de solsticios y equinoccios apenas se detectan, el sol es el mago, sus juegos de luces son los que descubren los cambios. En dirección hacia el pueblo se acerca un jinete, es un guerrero malherido, las patas del animal atropellan la piedra, ésta no se mueve, sólo parece estremecerse ante las gotas de sangre que caen sobre ella.

             Una tarde, en la que el desierto agoniza en llamas, llega una mujer cuyo cuerpo y rostro delatan un gran sufrimiento, agotada se deja caer en la arena y rompe en sollozos. Las lágrimas caen sobre  la piedra, exangüe se adormece. El sol está en camino e ocultarse, la temperatura comienza a bajar, la mujer se despierta, le parece haber vivido una pesadilla, pero no, su marido, el guerrero, ha muerto. Súbitamente queda asombrada al mirar la piedra, ésta se había abierto en una perfecta simetría, transformándose en una bella flor. Le pareció una imagen esperanzadora, en medio de la aparente nada, sobrevivía ese extraño ser.

            En el horizonte comienza a divisarse el brillo de las estrellas, la arena se iba vistiendo de opacidad. La flor luego de eternizarse comenzó a desaparecer en la piedra quieta. La mujer, solitaria en su camino, retorna a su casa con una certeza; lo aparente no es lo real y  cuidará amorosa  su jardín de rocas.***

 

No existe paz posible entre el novelista y el agélaste, Milan Kundera Milan Kundera

milan kundera

No existe paz posible entre el novelista y el agélaste, Milan Kundera
Milan Kundera
Novelista es aquel que, según Flaubert, desea desaparecer detrás de su obra. Desaparecer detrás de su obra: esto quiere decir renunciar al papel de personalidad pública. Ello no es fácil en la actualidad, en la que todo lo importante, por poco que sea, debe pasar por la escena insoportablemente iluminada de los mass media; los cuales, contrariamente a la intención de Flaubert, hacen desaparecer la obra detrás de la imagen de su autor. En esta situación, a la que nadie puede escapar por entero, la observación de Flaubert se me presenta casi como una puesta en guardia: prestándose al papel de personalidad pública, el novelista pone en peligro su obra, que corre el riesgo de ser considerada como un simple apéndice de sus gestos, de sus declaraciones, de sus tomas de posición. Pues bien, el novelista no sólo no es el portavoz de nadie, sino que yo llegaría a decir que ni siquiera es el portavoz de sus propias ideas. Cuando Tolstoi escribió el primer esbozo de Ana Karenina, Ana era una mujer antipática y estaba justificado y se merecía su fin trágico.

La versión definitiva de la novela es muy diferente. Pero no creo que Tolstoi, de una versión a otra, cambiara de ideas morales; yo diría más bien que, mientras la escribía, escuchaba una voz distinta de la de su propia convicción moral. Escuchaba lo que a mí me gustaría llamar la sabiduría de la novela. Todos los verdaderos novelistas están a la escucha de esa sabiduría suprapersonal, lo que explica que las grandes novelas sean siempre un poco más inteligentes que sus autores. Los novelistas que son más inteligentes que sus obras deberían cambiar de oficio.

Pero ¿qué es esta sabiduría, qué es la novela? Hay un proverbio judío admirable: “El hombre piensa, Dios ríe”. Inspirado por esta sentencia, me gusta imaginar que François Rabelais oyó un día la risa de Dios y que fue así como nació la idea de la primera gran novela europea. Me complazco en pensar que el arte de la novela vino al mundo como el eco de la risa de Dios.

Pero ¿por qué se ríe Dios contemplando al hombre que piensa? Porque el hombre piensa y la verdad se le escapa. Porque cuanto más piensan los hombres, más se aleja el pensamiento del uno del pensamiento del otro. En fin, porque el hombre nunca es lo que imagina ser. Es en el alba de los tiempos modernos cuando se revela esta situación fundamental del hombre salido de la Edad Media: Don Quijote piensa, Sancho piensa, y no sólo se les escapa la verdad del mundo, sino también la verdad de su propio yo. Los primeros novelistas europeos vieron y entendieron esta nueva situación del hombre, y sobre ella fundaron el arte nuevo, el arte de la novela.

François Rabelais inventó muchos neologismos que luego entraron a formar parte de la lengua francesa y de otras lenguas, pero una de esas palabras ha permanecido olvidada, y ello es de lamentar. Es la palabra agélaste; está tomada del griego y quiere decir el que no ríe, el que no tiene sentido del humor. Rabelais detestaba a los agélastes. Tenía miedo de ellos. Se quejaba de que fuesen tan atroces con respecto a él que a causa de los mismos había estado a punto de dejar de escribir, y para siempre.

No existe paz posible entre el novelista y el agélaste. No habiendo escuchado nunca la risa de Dios, los agélastes están persuadidos de que la verdad es clara, de que todos los hombres deben pensar lo mismo y que ellos son exactamente lo que imaginan ser. Pero es precisamente al perder la certidumbre de la verdad y, el consentimiento unánime de los otros cuando el hombre deviene individuo. La novela es un paraíso imaginario de los individuos. Es el territorio donde nadie está en posesión de la verdad, ni Ana ni Karenina. Ha sido en el arte de la novela donde, durante cuatro siglos, se confirmaba, se creaba, se desarrollaba el individualismo europeo.

En el tercer libro de Gargantúa y Pantagruel, Panurgo, el primer gran personaje novelesco que ha conocido Europa, está atormentado por la pregunta: ¿debe casarse o no? Consulta a médicos, a videntes, a profesores, a poetas, a filósofos, quienes a su vez le citan a Hipócrates, Aristóteles, Homero, Heráclito, Platón. Pero después de todas esas enormes investigaciones eruditas, que ocupan todo el libro, Panurgo sigue ignorando si debe o no debe casarse. Nosotros, los lectores, tampoco lo sabemos, pero en cambio hemos explorado desde todos los puntos de vista posibles la situación, tan cómica como elemental, de aquel que no sabe si debe casarse o no.

La erudición de Rabelais, tan grande como era, tiene, pues, un sentido distinto que la de Descartes. La sabiduría de la novela es diferente de la de la filosofía. La novela no nace del espíritu teórico, sino del espíritu del humor. Uno de los fracasos de Europa es el de no haber comprendido nunca el arte más europeo: la novela; ni su espíritu, ni sus inmensos conocimientos y descubrimientos, ni la autonomía de su historia. El arte inspirado por la risa de Dios es, por esencia, no tributario, sino contradictor de las certezas ideológicas. A imitación de Penélope, deshace durante la noche la tapicería que los teólogos, los filósofos, los sabios han tejido la víspera.

Milan Kundera
Discurso con motivo de la entrega del
Premio de Jerusalén a la libertad, 1985

Foto: Milan Kundera

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PHILIP ROTH

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‘Patrimonio’: Phillip Roth inédito

PHILIP ROTH
9 OCT 2018 – 18:02 CEST

La persona que debería estar aquí hoy recibiendo un premio honorífico de la New Jersey Historical Society no es el autor de Patrimonio, sino el objeto de estudio en Patrimonio, mi padre, Herman Roth, cuya residencia en Nueva Jersey no acabó como la mía después de menos de dos decenios, sino que se extendió sin interrupción desde su nacimiento en el Central Ward de Newark en 1901 hasta su fallecimiento en un hospital Elizabeth 88 años después, y que, casi la mitad de ese tiempo, vendió seguros de vida desde que empezó como agente en los años treinta en Newark, pasando por los años cuarenta, cincuenta y sesenta, en que fue director en Union City, en Belleville, y por fin en las afueras de Camden, en Maple Shade, donde se jubiló de Metropolitan Life a los 63 años. Trabajó —como hacían entonces los vendedores de seguros de vida— tan íntimamente como un médico de cabecera o un trabajador social con todas las clases y categorías étnicas del norte y el sur de Nueva Jersey, habló durante casi 40 años con miles de familias de asuntos de vida o muerte con las palabras más duras y humanas posibles (“no pueden ganar”, me decía mi padre, “si no se mueren”), llegó a tener una familiaridad con las vidas cotidianas de los ciudadanos de este Estado que supera con mucho la mía y que un novelista realista oriundo de esta región no puede sino envidiarle. No dudaría en colocar su enciclopédico conocimiento de la Newark de antes de la guerra a la altura de la desbordante percepción de James Joyce del Dublín que retrata con tanta exactitud en sus obras de ficción.
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Fue el vendedor de seguros y no el novelista quien llegó a conocer, a partir de una amplia experiencia personal, con sus peculiares discernimiento e inteligencia práctica, la historia social de Newark, la mayor y, en los años en que mi padre estuvo empleado allí, la más animada y productiva ciudad de Nueva Jersey; a conocerla no solo barrio por barrio, ni siquiera edificio por edificio y casa por casa y piso por piso, sino puerta por puerta, vestíbulo por vestíbulo, escalera por escalera, cuarto de calderas por cuarto de calderas, cocina por cocina. Es él y no yo quien conocía de manera palpable la historia viva de su población, si no en todos los detalles, al menos —en los años en los que pasaba fuera todo el día y muchas noches cobrando las primas sobre las pólizas que vendía, a veces solo un cuarto de dólar a la semana en las familias más pobres— nacimiento a nacimiento, fallecimiento a fallecimiento, enfermedad a enfermedad, desastre a desastre. Fue él y no yo quien, gracias a un trabajo que lo llevaba a diario a los hogares de la gente, por humildes que fuesen, se convirtió en una especie de urbanólogo aficionado de la ciudad de Newark, un antropólogo sin cartera de un extremo a otro del Estado, y es por la prodigiosa importancia de este logro, por su implicación nada común en la respiración y la profundidad de la existencia cotidiana de las vidas aparentemente insignificantes de una ciudad dura, por lo que me gustaría aceptar este premio en su nombre. Entre 1870 y 1910, a una próspera ciudad industrial de 100.000 habitantes —una población de habla inglesa en su mayor parte— llegaron para instalarse en Newark un cuarto de millón de inmigrantes extranjeros, italianos, irlandeses, alemanes, eslavos, griegos y judíos, unos 40.000 judíos del este de Europa. Entre ellos se encontraban mis jóvenes abuelos, Sender y Bertha Roth, que no tenían un céntimo. Mi padre, nacido en 1901, fue el primer hijo que tuvieron en Estados Unidos, el hijo mediano de un total de siete, seis niños y una niña, y gran parte de su vida ocupó ese lugar. Manejarse desde el medio, entre las imposiciones del pasado, encarnadas por las costumbres y valores de sus padres de habla yidis, y las expectativas del futuro, articuladas en el modo mismo en que educaron a sus hijos estadounidenses, se convirtió no solo en su tarea, sino en el objetivo de una generación de hijos de emigrantes nacidos más o menos con el nuevo siglo en un mundo nuevo, una generación de la que solo sobreviven unos pocos.
“A los hijos de inmigrantes se les hizo sentir inferiores, ignorantes, torpes, rudos, intelectualmente obtusos”
En cierto sentido todas las generaciones estadounidenses son generaciones intermedias que se mueven entre las lealtades heredadas al nacer y los requisitos de una sociedad en radical transformación. El esfuerzo de luchar desde el medio, de ser responsable con los vínculos de nuestras propias lealtades e impedir que desaparezca el antiguo modo de vida —sobre todo en el dominio de la moralidad— mientras al mismo tiempo dejamos a nuestros hijos en una sociedad exigente, prometedora e incluso amenazante en un sentido nuevo e incierto, tal vez sea la quintaesencia de la batalla cultural norteamericana que produce las clásicas colisiones familiares. No creo que muchas generaciones hayan experimentado con mayor agudeza los conflictos inherentes a esta lucha —y el arsenal de humillaciones y reveses desencadenados por los intimidantes antagonistas— que la generación nacida de esos progenitores emigrantes recién llegados en las décadas anteriores a la Primera Guerra Mundial.
“Asimilación” es una palabra demasiado suave, e implica demasiadas connotaciones negativas de deferencia, sumisión y componendas, y de una historia no lo bastante cruda para describir este proceso de negociación por el que tuvieron que pasar mi padre y otros como él.
Los abuelos paternos de Philip Roth (a la derecha), junto a otros parientes en los años veinte. ampliar foto
Los abuelos paternos de Philip Roth (a la derecha), junto a otros parientes en los años veinte. NEWARK PUBLICK LIBRARY
Su integración en la realidad estadounidense fue más dura y más compleja; fue una convergencia doble, algo similar a esa extracción e intercambio de energía que llamamos metabolismo, un vigoroso intercambio en el que los judíos descubrieron Estados Unidos y Estados Unidos descubrió a los judíos, una valiosa fertilización cruzada que produjo una amalgama de rasgos y características que supusieron nada más y nada menos que la fructífera invención de un nuevo tipo de norteamericano: el ciudadano formado por una fusión de costumbres y lealtades, no del todo perfectas en su diseño, y no sin dolorosos puntos de fricción, pero que proporcionaba, en el mejor de los casos (y ese fue claramente el caso de mi padre) un marco mental constructivo que irradiaba vitalidad e intensidad: una matriz densa y agitada de sentimientos y respuestas. Gran parte de la generación de la que hablo apenas fue a la escuela ni tuvo una educación. En esos años del cambio de siglo cuando en la ciudad vivían dos veces más emigrantes recién llegados que oriundos de Newark, el 70% de los escolares —y dos tercios de los escolares de Newark eran hijos de emigrantes— no pasó de quinto curso. Mi padre era uno de la élite que llegó hasta octavo antes de dejar el colegio para ponerse a trabajar el resto de su vida.
A diferencia de la que sería la vivencia de sus hijos —mi generación—, su educación se produjo no en el aula, sino en el puesto de trabajo. Fue en el trabajo donde se modelaron sus puntos de vista y de donde sacaron su conocimiento primario del mundo norteamericano. El lugar de trabajo —la destilería, la curtiduría, los muelles, la fábrica, el mercado, el edificio en construcción, la tienda de telas, el carrito ambulante— no era necesariamente el ambiente ideal para librarse de los prejuicios, para aumentar las propias simpatías o favorecer nuevos hábitos, prácticas y formas de comportamiento que reemplazaran a aquellos que de pronto, y de forma cada vez más chirriante, se habían vuelto inútiles, restrictivos o, con el tiempo, sencillamente raros. Pero aun así fue allí donde empezó la acreción, identidades norteamericanas nuevas y desconocidas engendradas no por las escuelas, los profesores y los libros de texto cívicos, y desde luego no por programas educativos en estudios étnicos, sino conformadas de manera espontánea, extemporánea —aunque no sin emociones y errores, sin rabia y golpes, sin aguante, resistencia, lágrimas y afrentas— por la agitada y tangible mutabilidad de una ciudad próspera. El hombre o la mujer en el medio se lleva los golpes de ambos lados. Primero a estos hijos de la generación inmigrante se les hizo sentir inferiores a los locales, ignorantes en cuestiones sociales, torpes, rudos, y, lo que es peor, se les hizo sentir obtusos e intelectualmente inferiores a los hijos por quienes habían soportado todo eso. Pero ¿cómo eliminar esa brecha sino mediante la universidad? En virtud del elixir conocido como “una buena educación”, proporcionada y protegida por nuestros diplomas y títulos, completamos los variopintos procesos de americanización.
Antes de morir en mayo, Philip Roth dejó preparada la edición definitiva de sus ensayos y discursos
Lo que se inició cuando mi abuelo, educado para ser rabino, empezó a trabajar a finales del siglo XIX en una fábrica de sombreros de Newark concluyó cuando yo recibí mi título de graduado en Literatura Inglesa en la Universidad de Chicago a mediados del siglo XX. En tres generaciones, en unos 60 años, en muy poco tiempo, lo habíamos conseguido: apenas nos parecíamos en nada a como éramos cuando llegamos aquí. Desde un punto de vista histórico, nos habíamos convertido, gracias a una fuerza impulsora primaria norteamericana, en seres nuevos e irreconocibles reconstruidos casi de la noche a la mañana. Así se desarrolla, en su nivel más habitual, el drama acelerado de nuestra historia, que cambia lo que es en lo que no es y esclarece el misterio de cómo llegamos a ser como somos.
Espero que estas breves palabras les aclaren por qué quisiera recibir este premio en nombre de mi padre, que murió hace ahora tres años. En una vida como un hombre asediado en el medio, aquí, en Nueva Jersey, llevó a cabo la lucha de consolidación que definió la existencia de una generación hoy casi desaparecida cuya presencia familiar en Estados Unidos apenas ha cumplido los 100 años. Él lo merece más que yo. Como cronista de Newark, tan solo me he alzado sobre sus hombros.
Discurso de aceptación del New Jersey Historical Society Award, pronunciado el 4 de octubre de 1992. Se incluye en ‘¿Por qué escribir? Ensayos, entrevistas y discursos (1960-2013)’, de Philip Roth. Traducción de Ramón Buenaventura, Jordi Fibla y Miguel Temprano García. Literatura Random House, 2018. 576 páginas. 23,90 euros.
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Etiquetas: ‘Patrimonio’: Phillip Roth inédito
jueves, 6 de septiembre de 2018
REVISTA ALMIAR, VIAJE HACIA LA CURVATURA DE LA LUZ, ANA MARÍA MANCEDA
Viaje hacia la curvatura de la luz
relato por Ana María Manceda

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o es lo mismo, desde ya, pero siento una caricia en la piel, este viejo zaguán con su puerta vidriada dejando fluir la luz del crepúsculo, con sus macetones repletos de flores me devuelven el olor de las plantas del pasado. La casa me espera con sus fantasmas, si no fuera por la alarma que parece presentirme y se apaga sola, creería que los años se hubieran detenido en mi niñez. Al entrar en la cocina-comedor siento un escalofrío, ahí está, la pantalla gigante, apagada, sin embargo te veo Yunus, estas ahí, ofreciéndome una copa de champaña y una sonrisa. Te eternizaste Yunus. ¿Cómo poder vivir sin vos? Aquí estoy, tratando de aceptar esta existencia que atraviesa condiciones tan distintas de vida, pero existe algo que el hombre aún no ha podido cambiar, los sentimientos, y eso es un gran triunfo de nuestra condición de humanos.
Nuestra historia comenzó un atardecer de primavera. Llegué del laboratorio extenuada, el calor era insoportable. Sentí placer de estar en la casa fresca, ordenada. Bendito trabajo que me agotaba y no me permitía rumiar sobre mi soledad. Besé la foto de mi hijo con su familia, el sistema era antiguo pero bueno yo también era antigua, a los cincuenta y cinco el alma tiene sus huellas aunque la apariencia siga lozana. Gran ventaja la de transitar esta edad a fines del siglo veintiuno, las pastillas y las cremas son milagrosas. Mientras me preparo una ensalada prendo el plasma, me encanta seguir la novela de las ocho, la trama es interesante, pero el sonido de los arroyos y los olores de la flora de la hacienda donde ocurre el drama era lo que me deleitaba. Recuerdo que cerré los ojos para respirar esa atmósfera, me prometí que en las vacaciones no iría al mar, contrataría una excursión a esa hacienda, cuando los abrí estabas vos Yunus, con la copa en la mano, de inmediato te reconocí, eras el ingeniero a quién le había hecho los análisis hace pocos días. Hice lo que nunca me atreví, con tus instrucciones manejé el control y así pudimos charlar ya ni recuerdo cuánto tiempo, nunca más me sentí sola. Desde ese día llegaba corriendo del laboratorio, me bañaba, perfumaba y cuando sentía que brillaba prendía el plasma y comenzaban nuestras charlas, cenábamos juntos, nos reíamos ante la disparidad de comidas que inventábamos. No querías mostrarme tu casa de manera virtual, querías que yo la conozca personalmente. Cuando decidí ir ya estábamos enamorados. Yo Mayra, viuda, sola, me había enamorado como una adolescente de vos Yunus, soltero, ingeniero de la Comunidad Latinoamericana, doce años menor.
Como todas las ciudades satélites de la Capital, Cappa era ultramoderna, aunque cobijaba en algunos de sus barrios casas del siglo pasado, como la mía ¡eran tan encantadoras! De a poco le fui inyectando el confort moderno, conviviendo en ella el pasado y el futuro. Nunca había visitado una casa especialmente diseñada con aire de siglo veintidós hasta que visité la de Yunus, al entrar no pude disimular el impacto que me causó; paredes acrílicas que se ahuman según el color deseado o se dejan transparentes para que fluya la luz; todo funciona a energía solar, en el extraordinario baño lucen unas extrañas y bellas plantas, obtenidas por una cruza genética especial, se autoriegan con la cantidad de nutrientes según los vayan necesitando. La bañera lo esperaba a Yunus con la temperatura ideal, él había programado la hora, la cantidad de agua, temperatura y espuma deseadas. Cenamos una comida exquisita ¿La cocinera? Un artefacto computarizado, la carne la untamos con una salsa que ni yo la hubiera logrado. ¿Quién había puesto la mesa? ¡Sorprendente! Pedro, el robot, hacía todos los quehaceres domésticos, hasta elegía la ropa que iría al lavarropas. Deslumbrada entré al universo de Yunus.
Nuestra vida juntos siguió con nuestra actividad normal, yo en el laboratorio de análisis clínicos, él con su profesión que le exigía algunos viajes para asistir a congresos planetarios pero los regionales los podía realizar desde la casa.
Cuando me quedaba sola me divertía con Pedro, al que le faltaba reír y llorar ya que decía algunas frases programadas para ocasiones especiales, también me entretenía con las extrañas plantas, según la hora del día destellaban tonos dorados o intensos lilas, variando a su vez el perfume que exhalaban, era una fiesta para los sentidos. En otras oportunidades, cuando Yunus se excedía en su trabajo, desde el dormitorio le cambiaba los colores de las paredes del escritorio, de un gris plateado a un rosado brillante, era un código entre nosotros, entendía que lo esperaba ansiosa. El instinto del amor y la pasión seguían incólumes a través de los tiempos. Algunas noches solíamos leer acostados, yo, con mis libros de papel, necesitaba sentir en mis dedos el contacto con sus hojas, Yunus con su computadora adaptable según la posición que tomara. En realidad era envidiable verlo cómo buscaba en instantes el significado de palabras desconocidas o programar hologramas según alguna secuencia de la novela que leía, entonces me maravillaba ver en tridimensión paisajes y personajes que describía el autor pero con la imaginación de Yunus. Por supuesto se burlaba de mi antigüedad para leer, no me importaba, mis argumentos resaltaban el enriquecimiento de mi mente, cosa que él también lograba, no podía con sus teorías. Desde ya debía acostumbrarme a esa forma de lectura, no se fabricaba más papel, los bosques eran santuarios sagrados proveedores de oxígeno y abrigo de especies en vía de extinción.
El tiempo transcurría con nuestra dicha, mi hijo se sentía feliz de verme tan plena y lejos de la soledad. Algunos fines de semana largos lo visitábamos en su hogar del país vecino, con las nuevas autopistas y el puente internacional con la línea asfáltica para viajar sobre elevación computerizada llegábamos en un rato. El trayecto era fascinante, ya no se veían las villas miserias de mi niñez, ahora eran miles de pequeñas poblaciones automatizadas, idénticas, separadas por parques trazados de manera perfecta, en éstos lucían unos artísticos artefactos que en realidad eran pararrayos. Desde la altura de la autopista parecían villas de antiguos bungalows africanos, ya que sus techos estaban diseñados para regular la luz del sol, no se usaba la energía orgánica, hace años se había agotado el petróleo; solo algunos pozos, ubicados de manera estratégica, eran resguardados para alguna emergencia. Aun así, se notaba la diferencia de clases y si bien la violencia estaba controlada no había desaparecido. El mundo estaba esperanzado en la nueva camada de políticos que gobernaban, éstos debían seguir una carrera política, cursar postgrados y realizar pasantías en distintas regiones, de esta manera adquirían conocimientos para regular los recursos naturales y económicos de la población. La humanidad fue sufriendo una transformación espiritual, luego de cruentas guerras por el agua entre países hermanos, la peligrosa situación ambiental de la Tierra provocó una sensación de unidad nunca conocida en la historia del hombre.
Mi quiebre emocional comenzó luego de las grandes catástrofes que ocurrieron en el planeta. A fines del dos mil setenta desaparecieron unas pequeñas islas del Mar del Norte, los científicos habían previsto la tragedia ocasionada por la elevación de los mares por el cambio climático global además de haber detectado un leve desvío de la Corriente Cálida Del Golfo lo que produjo un mayor enfriamiento en la Península Escandinava y las Islas Británicas, el paisaje nevado era una característica de Londres, aún en primavera y verano. En otras partes del planeta el calor tórrido era insoportable, solo la tecnología permitía su hábitat. La Región Pampeana sufría un clima subtropical y la Patagonia era un oasis templado con el consecuente y lento deshielo de sus glaciares. Una noche de agobiante calor entramos a la casa cerrándola herméticamente, ya no se podía estar en el patio disfrutando del pequeño jardín natural. Mientras Pedro nos servía un cóctel decidimos sentarnos en el living y mirar el universo, corriendo una parte del techo deslizante, a través de los vidrios especiales que funcionaban a manera de telescopio. Teníamos todo el esplendor del cosmos ante nuestra vista. Yunus me explicaba que según Stephen Hawking si seguimos un cono de luz hacia el pasado, éste se curva debido a la atracción de la materia del universo primitivo. En ese momento sentí el temblor, me recorrió la espalda, los muslos, y las estrellas parecieron titilar a mayor velocidad.
—Mayra, la casa es antisísmica, no sé qué pasa pero debe ser algo grave —dijo Yunus con preocupación. Encendió el plasma. Las imágenes eran de terror, se había desprendido una parte de la península de California, desapareciendo en el mar cientos de ciudades, el olor a azufre y a muerte inundó el living. El espectacular desprendimiento ocasionaba terremotos y remezones en todo el planeta, provocando tsunamis y desapariciones de costas habitadas. Ya los geólogos habían previsto estas catástrofes, sus investigaciones coincidían en que en miles de años la península se desprendería del continente americano e iría hacia la deriva a acoplarse con la península de Alaska. El proceso había comenzado.
Luego de esta tragedia surgió mi depresión. Era un pánico que entraba por mi cuerpo hasta hurgar en mi mente. En los círculos intelectuales se sabía que se preparaba un éxodo escalonado hacia otro planeta con condiciones para desarrollar la vida, por supuesto esto llevaría miles de años y los primeros en viajar serían las familias más poderosas de la tierra. Pasé meses en un estado de estupor, el amor de mi hijo y Yunus lograron rescatarme del abismo. Cuando tuve cierto equilibrio emocional y con ayuda profesional supe que debía enfrentarme a ese miedo ancestral de perder lo estable, a mis seres queridos y sobre todo el sentido de pertenencia a este maravilloso planeta azul.
Necesité visitar mi antigua casa, ahí es donde me encuentro al comenzar el relato, consejo del médico de recorrer y escribir sobre lo que provocara en mis sentimientos este rincón de mi vida. En el momento que guardaba algunas fotografías en el bolso sonó el móvil, la carita de mi nieta apareció en la pantalla.
—Abu, mirá la muñeca que me regaló Yunus.
Una Barbie de mi niñez lucía amorosa al lado de mi nieta, él a su lado, con su sonrisa que iluminaba el universo y no pude conmigo, lloré todo mi pasado y la transición que tuve que recorrer para llegar hasta este momento de la historia de la humanidad que aún no podía asumir. Sentí que hasta en la raíz de mis cabellos habitaba una memoria de mi lejana niñez y la de mis padres. Entre sollozos les pedí que no se preocuparan, era la emoción pero yo sabía que rompía el estanque del tiempo, tenía que aferrarme a mis amores. Al cerrar la puerta de mi antigua casa, quise de manera simbólica cerrar una época vivida, con amor, con heridas, de manera intensa, hasta la vorágine. Debía regresar al futuro, aceptar con humildad mi condición humana, hasta cuando Dios quiera, solo somos mortales.

Ana María Manceda
Ana María Manceda. Hace cuarenta años que vive en la Patagonia Argentina (San Martín de los Andes). Fue docente de Geografía y Biología I en C.P.E.M. n.º 13 por 25 años. Coautora del Libro de los cien años (libro homenaje a los CIEN AÑOS DE SAN MARTÍN DE LOS ANDES; Historia, Geología, Educación, Geografía, Sociedad, Cultura, Turismo…). En octubre de 2008, recibió el 1.º Premio en Certamen Internacional Artes y Letras 2008 en narrativa por su obraDerrumbe; Editorial Novelarte; Córdoba (Argentina). Integrante de REMES (Red mundial de escritores en español), de Poetas del Mundo y de World Poets Society; Latin Heritage Foundation; Unión Escritores Hispanoamericanos. Integró el primer jurado del CEM (Centro Editorial Municipal de San Martín de Los Andes), donde se sentaron las bases para los concursos literarios municipales (tres años representando a la Biblioteca Popular 4 de febrero). Seleccionada en varias antologías nacionales e internacionales. Participa en diversas revistas literarias por Internet, entre ellasGuatiní, de Ernesto R. Del Valle (Miami), Hontanar, de Cervantes Publishing (Australia) y RevistaSinfín (México). Invitada a participar en la antología poética en homenaje a los estudiantes mexicanos desaparecidos Los 43 poetas para Ayotzinapa (2015). En septiembre de 2011 presentó su novela La noche de la flor del cactus, en la V Feria Regional del Libro de San Martín de Los Andes (2013). Finalista certamen internacional narrativa por la obra El eclipse y los vientos; CEN Ediciones (Argentina; 2013) y recibió el 1.º Premio certamen internacional narrativa «Huellas contemporáneas» por la obra anteriormente citada. En diciembre de 2014 fue nombrada «Embajadora de la palabra» por el Museo de la Palabra (Fundación César Egido Serrano) sito en Quero Toledo.
Web de la autora: Literatura desde la Patagonia
– En FB: http://www.facebook.com/ammanceda
Otros relatos de esta autora (en Almiar): Los pasos de los duendes sobre las hojas caídas del otoño · Derrumbe · Una moneda romana en la cordillera Patagónica

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©
Publicado por ANA MARÍA MANCEDA en 9:37 0 comentarios
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Etiquetas: ANA MARÍA MANCEDA, REVISTA ALMIAR, VIAJE HACIA LA CURVATURA DE LA LUZ
sábado, 1 de septiembre de 2018
HUELLAS EN LA PATAGONIA. Ana María Manceda

HUELLAS EN LA PATAGONIA. Ana María Manceda

Hay una huella, hay miles de huellas
¿Cómo se forma un destino?
He sentido, siento, luces y sombras
que hieren, me hieren la piel y el alma.

Me despierto en el amanecer tardío
del sol patagónico
la valentía me eleva,
me energizan los bosques y
los lagos glaciarios.
En las noches patagónicas
las estrellas compiten con los cerros
para mostrar su belleza,
luces y sombras.

Me van doblando los tiempos
de estos largos inviernos.
Nieve y lluvia.

Hay huellas, pero juego a diseñar
meandros de mi río-destino imaginario.
En esta absoluta infinitud
de espacio, de eclécticas historias
geológicas, zoológicas, botánicas
antropológicas.
Hay huellas de la historia trágica
de los pueblos originarios.

Estoy aquí, jugando a un diseño
pero atrapada entre huellas y destino.
Luces y sombras.
En la Patagonia.***

Publicado por ANA MARÍA MANCEDA en 10:55 0 comentarios
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Etiquetas: HUELLAS EN LA PATAGONIA. Ana María Manceda
viernes, 24 de agosto de 2018
calledelorco agosto 24, 2018 Fotografía, Literatura Bullen más cosas en la literatura de las que sueñan los filósofos, Julien Gracq